Hoy la Historia del Periodismo no tiene, según creo, demasiado peso en las facultades de Comunicación, pero cuando yo estudié, a principios de los 90, teníamos nada menos que dos asignaturas sobre el particular, que he de decir que a mí me gustaban mucho aunque tuvieran ese no sé qué que qué sé yo entre polvoriento y anacrónico e incluso un poco paradójico, porque en cierto sentido podríamos pensar que el periodismo, apresurado y efímero por naturaleza, podría hasta estar incluso reñido con la Historia. En fin.
El caso es que, con lógica o sin ella, a mí me gustaban esas dos asignaturas y me gustaba la Hemeroteca Municipal de Madrid, en la que pasé bastantes ratos husmeando, reconstruyendo una historia o historieta protagonizada por señores de traje y con enormes bigotes (hace poco, por cierto, vi una foto de la Redacción de La Voz de Galicia en el siglo XIX que si pudiera colgaría aquí como perfecto resumen de a qué me refiero)… Señores, trajes y bigotes, en efecto, nada de de faldas, señoras y sombreros, sombreritos o lo que fuera, lo cual a mí me mosqueaba un poco.
Así que empecé a husmear. “Rescaté” a algunas periodistas norteamericanas y me llevé la sorpresa de mi vida al encontrarme con unas biografías extraordinarias, dignas muchas de ellas de guiones de superproducciones hollywoodienses. Y en medio de todas ellas me tropecé con la Casanova (1861-1958). Casi nada. Una mujer gallega que había sido corresponsal en la I Guerra Mundial, en la Revolución Rusa, que había entrevistado a Trostky y se había escondido detrás de una cortina para obtener un relato de primera mano sobre Rasputín; que asistió a la invasión (nuevamente) de Varsovia en la II Guerra Mundial y que, ya muy anciana y casi ciega, había tenido el coraje y la fuerza como para seguir escribiendo sus crónicas, que para aquel entonces resultaban más incómodas y un tanto inoportunas… Una larga, larguísima vida que abarcaba casi por completo un siglo y gracias a la cual era posible reconstruir cien años (cruciales, además) de historia europea y que encima contaba con toda una serie de ingredientes añadidos que la dotaban de un atractivo novelesco indiscutible (sobre todo gracias a la particularísima historia de amor con Wicenty Lutoslawsky).
Así que, víctima de una fascinación absoluta por el personaje, empecé a escribir una tesis doctoral sobre su trabajo periodístico que me acompañó, intermitentemente, durante unos diez años, así a ojo. Muchos de mis allegados me han insinuado durante todos estos años que lo que tenía que escribir era una novela o un guión y no una tesis, y quizá fuera cierto, porque después de hacer un trabajo de recopilación bibliográfico y hemerográfico bastante ingente, acabé por abandonar la tesis y un poco también a Sofía Casanova, con la sensación de quien abandona a una abuela. Porque así, a lo tonto, la Casanova llegó a convertirse prácticamente en alguien de mi familia. Sus libros eran los primeros en abandonar las cajas después de una mudanza y siempre han ocupado un lugar de honor en mi casa, aunque a veces me incomodara verlos como una reconvención constante por no haber sido capaz de terminar la dichosa tesis.
Cuento todo esto porque en el último mes he vuelto a sumergirme en la vida y el trabajo de Sofía Casanova y he tenido la sensación de que bien merecía un post bien largo en este blog que tengo tan abandonado. La “culpa” de este regreso la tiene el ciclo Vida e tempo de Sofía Casanova, organizado por el Instituto de Estudos Galegos Padre Sarmiento, en el que participaré este jueves a las 20.00 h con una charla sobre el tema que da título a este post. Así que si queréis saber más sobre Sofía y las corresponsales de guerra de su época, ya sabéis, a darse una vuelta por Santiago el próximo jueves.

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