Ayer terminé de leer La mano izquierda de la oscuridad, la novela de Ursula K. Leguin que constituye uno de los ejemplos más destacados de la denominada “ciencia ficción feminista”, consistente en la especulación acerca de la posibilidad de otras estructuras y organizaciones sociales en las que la división sexual jugase un papel distinto del que posee en la humana.
En este caso la novela presenta un planeta, Gueden, en el que no existe la diferencia sexual. Sus habitantes son asexuados la mayor parte del tiempo, salvo en los periodos destinados a la reproducción durante los cuales se vuelven hombres o mujeres, indistintamente, algo que, como plantea el terrícola protagonista, resulta de difícil digestión para una especie en la que lo primero que se pregunta, cuando nace un niño, es si es hembra o varón.
Una vez leída, lo que más me llamó la atención fue mi propia incapacidad no para imaginarme a los personajes de la novela como carentes de sexo, sino para imaginármelos como algo que no fuesen personajes masculinos. Reyes, oráculos, ministros y prisioneros… casi sin excepción, todas las construcciones mentales que me fabriqué de los distintos personajes andróginos y asexuados que se iba encontrando Genry Ai se corresponden con varones y, de hecho, en algunos momentos en los que el protagonista los percibía como femeninos en pleno “kemmer” (el nombre que se le da en la novela al periodo de actividad sexual), mi sensación era la tener que reconfiguar mentalmente la idea que me había forjado de dicho personaje, por más que la novela insistiese una y otra vez en la asexualidad de los guedenianos.
Para que nadie me acuse de restringir mis ejemplos a las cuestiones de “género”, esta sensación me recordó a la que tuve mientras leía 2666 con la parte de Fate. Los que hayan leído el libro (cosa que recomiendo vivamente a los que no lo hayan hecho) recordarán que Fate es un periodista afroamericano que trabaja para una publicación de Harlem. El libro arranca con la muerte de su madre y Fate, que en realidad se llama Quincy Williams, se pasa gran parte de las páginas que siguen sumido en una náusea existencial que resulta más que curiosa en medio del tono de novela negra que preside esa parte.
Pues bien, a donde iba… Supongo que estaba leyendo algo despistada y no supe por ello descifrar las claves que se me iban dando, pero el caso es que Bolaño no verbaliza que Fate es negro hasta bien avanzado su libro y cuando lo hace a mí me pilló totalmente de sorpresa y me obligó a reconsiderar todo lo anterior. Pero no sólo eso, me obligó, sobre todo, a reconsiderar mi propia visión del mundo, tan determinada por los libros que he leído, en los que, siguiendo con el caso de Fate, si un personaje es negro siempre se explicita y si no se hace se asume que es blanco. Sirvan sino como muestra los resúmenes de la novela que circulan por Internet, donde se habla de un profesor universitario chileno –Amalfitano-, un prusiano pueblerino –Hans Reiter-, de la poeta Cesárea Tinajeos o el misterioso escritor alemán Benno von Archimboldi, todos ellos, como es “obvio”, blancos salvo que se especifique lo contrario…


